En el marco de los Premios Iniciativas Sustentables 2025, organizados por el Hub Sustentabilidad de La Tercera, el proyecto Tecnosuelos, liderado por la Facultad de Ciencias Agronómicas de la Universidad de Chile en alianza con la Corporación Regional de Desarrollo Productivo de la Región de Coquimbo, fue distinguido como ganador en la categoría “Naturaleza y Biodiversidad”, subgrupo “Alianzas y ONG”.
La iniciativa, dirigida por el académico del Departamento de Ciencias Ambientales y Recursos Naturales Renovables, Gerardo Soto Mundaca, ha sido reconocida por su carácter pionero en la recuperación de suelos degradados mediante tecnología biológica, así como por su innovador enfoque de trabajo en contextos urbanos afectados por pasivos ambientales mineros.
Una idea que tomó más de una década
Lejos de ser un desarrollo inmediato, Tecnosuelos es el resultado de un proceso de investigación, ensayo y aprendizaje que se extendió por más de 14 años. Tal como relata el profesor Soto, el proyecto nació “casi como un sueño”, a partir de una idea inicial orientada a aprovechar materiales disponibles en la naturaleza.
“Esto parte hace mucho tiempo, con una idea muy incipiente de poder utilizar materiales que estaban disponibles y que pudiesen servir. En un inicio queríamos hacer filtros, luego evolucionamos hacia fertilizantes, pero nos dimos cuenta de que el verdadero potencial estaba en diseñar un medio que pudiera cumplir múltiples funciones”, explica.
Ese proceso derivó en el desarrollo de un medio poroso diseñado, capaz de actuar como filtro de contaminantes y, al mismo tiempo, como soporte para la vida vegetal. “Tomamos una idea muy simple —las propiedades del suelo que todos aprendemos en el colegio— pero la llevamos a un nivel de diseño que permite adaptarla a condiciones específicas del terreno”, agrega.

De la innovación al territorio
El punto de inflexión del proyecto fue su aplicación en un contexto real y altamente complejo: la ciudad de Andacollo, en la Región de Coquimbo, caracterizada por la presencia histórica de relaves mineros en plena zona urbana.
“Llegamos con una tecnología madura. No fuimos a probar si resultaba o no. Los errores ya los habíamos cometido en estos años de desarrollo”, enfatiza Soto.
La intervención se realizó sobre un relave con más de 90 años de antigüedad y condiciones extremas, incluyendo un pH de 3,8, incompatible con cualquier forma de vida. “No crecía absolutamente nada. Era un sistema completamente degradado”, detalla.
Frente a ello, el equipo diseñó un Tecnosol capaz de cumplir una doble función crítica: soportar las condiciones del relave y, al mismo tiempo, aislarlo del entorno.
“No se trata simplemente de tapar un relave, sino de confinarlo. Eso significa evitar que interactúe con elementos como el agua o el aire. Por ejemplo, diseñamos un sistema capaz de retener eventos de lluvia de hasta 100 milímetros en 24 horas, evitando que el agua infiltre y genere lixiviados contaminantes”, explica.
Economía circular y articulación productiva
Uno de los pilares del proyecto es el uso de residuos industriales para la fabricación del Tecnosol, evitando la extracción de nuevos recursos. “No tiene sentido ambiental ir a sacar material de otro lugar para resolver un problema. Nosotros trabajamos con residuos que otras industrias no valorizan”, señala el académico.
Este enfoque permitió articular un ecosistema colaborativo entre sectores históricamente desconectados, como la minería y la agricultura. Por ejemplo, se utilizaron materiales provenientes de faenas mineras, así como sedimentos extraídos de embalses de riego del sistema hídrico regional.
“Ahí ocurre algo muy interesante: dos industrias que tradicionalmente no dialogan pueden colaborar para resolver un problema común. Los sedimentos de embalses, por ejemplo, son un problema para la agricultura, pero resultan ser un recurso valioso para la construcción de suelos”, destaca.
Comunidad y cultura: claves del éxito
Más allá del componente técnico, el proyecto puso en el centro la relación con la comunidad local, entendiendo el contexto cultural de Andacollo, una ciudad profundamente marcada por la actividad minera.
“Los relaves no son solo un problema ambiental, también son parte de la cultura de la ciudad. La gente convive con ellos todos los días. Por eso era fundamental entender esa relación antes de intervenir”, explica Soto.
En este sentido, el académico subraya que uno de los mayores desafíos —y logros— fue generar confianza y trabajar de manera colaborativa con los habitantes del territorio.
“Muchas veces el mundo científico no sabe cómo relacionarse con las comunidades. Nosotros entendimos que eso era tan importante como la tecnología misma”, afirma.
Un modelo para Chile
La experiencia en Andacollo adquiere especial relevancia en un país donde existen cientos de depósitos de relaves, muchos de ellos cercanos a zonas habitadas. Solo en esta comuna se pueden identificar decenas de estos pasivos ambientales.
“Estamos frente a una realidad muy compleja, pero también ante una gran oportunidad. Este proyecto demuestra que es posible abordar estos problemas con soluciones concretas, sostenibles y con sentido territorial”, concluye Soto.
El reconocimiento otorgado por La Tercera posiciona a Tecnosuelos como un referente nacional en remediación ambiental, destacando el rol de la Facultad de Ciencias Agronómicas en el desarrollo de soluciones innovadoras que integran ciencia, comunidad y sustentabilidad.
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Ingrid Court Vicente / Comunicaciones FCA

